Durante años, cada vez que compraba algo para mí —un vestido bonito, una crema, una cena con amigas o incluso un libro—, una vocecita interna me decía: “¿De verdad lo necesitas?” o “podrías haber ahorrado ese dinero”.
No me sentía mal por gastar, sino culpable. Como si invertir en mí fuera un lujo en vez de una necesidad.
Con el tiempo descubrí que no era la únic...
